CONSPIRACIÓN REPTILIANA.
ARTICULO EXTRAIDO DE LAS LÍNEAS INVESTIGATIVAS DE JUSTIMIANO BOCARRUIDO.
ARTICULO EXTRAIDO DE LAS LÍNEAS INVESTIGATIVAS DE JUSTIMIANO BOCARRUIDO.
David Icke y la conspiración
de los reptilianos
Rafael
García del Valle
7 minutos de lectura
Dentro del mundo delirante de las
seudociencias y las conspiraciones, David Icke se ha consolidado
como una celebridad. Es más: podría decirse que es “la celebridad” por
excelencia, y de hecho, sus invenciones (por absurdas que estas nos parezcan)
han cobrado fuerza en la cultura popular.
Durante la primera etapa de su
carrera, adquirió cierta notoriedad como comentarista de deportes en la BBC y
como portavoz del Partido Verde de Reino Unido. Pero el 29 de abril de 1991
apareció en el programa de Terry Wogan, un espectáculo de la BBC en
horario de máxima audiencia, y su vida dio un vuelco. Soportando con entereza
las burlas del presentador y las risas del público, aquel día afirmó ser el
hijo de Dios.
Más de dos décadas después de
aquello, ya cuenta con una legión de admiradores y con innumerables fans en las
redes sociales. Una entrada para alguna de sus conferencias cuesta entre 45 y
70 euros. Sus incondicionales están seguros de amortizar el gasto. Cada
aparición de Icke se prolonga la friolera de diez horas,
durante las cuales su discurso se combina con actuaciones musicales y con
espectáculos visuales.
Para quienes no pueden asistir,
todo se graba en DVD. ¿Y de qué nos habla Icke? Pues de un secreto
tan increíble como impactante: los humanos estamos sometidos a una raza
extraterrestre que nos gobierna a través de los illuminati, un
oscuro entramado piramidal en el que participan políticos, aristócratas y
banqueros títeres, organizados en sociedades secretas.
Icke ha ido
aprendiendo todo esto poco a poco. Su misión, según explica, es transmitir la
información que “le llega”, ya sea de aquí o de otras dimensiones
espacio-temporales.
¿Comprenden ahora por qué es
necesario conocer a este tipo de personajes? Créanme, su impacto es superior al
de la media de los científicos. Y esto es algo en lo que conviene reflexionar
si queremos entender cierta deriva actual de la opinión pública.
En 1994, su libro The
Robot’s Rebellion resumía la fantasiosa teoría
de los antiguos astronautas popularizada en los 70: unos extraterrestres
crearon al homo sapiens e iniciaron un sistema de control que
ha llegado a nuestros días, y que se articula en una organización denominada
«Hermandad”.
La fuente de donde Icke extrae
este discurso es un libro titulado Los dioses del Edén, de William
Bramley, donde se cuenta la historia de dioses-reyes alienígenas que han
estado al frente de todas las civilizaciones terrestres. Su símbolo es la
serpiente, y los textos sagrados de cualquier cultura no son sino la historia
velada de esta Hermandad.
Sin embargo, lo que era una
intuición se transforma en verdad revelada cuando aparece su libro de
1999, El mayor secreto. Aquí, Icke adopta otro
tipo de narrativa más belicosa después de haber descubierto, como el título
indica, el mayor secreto, que no es otra cosa que la mismísima identidad,
oculta durante cientos de miles de años, de la “Hermandad”. Atentos, pues se
trata de los extraterrestres que proceden de la constelación de Draco.
No hay que ser un lince para
imaginarse qué criatura puede venir de un lugar que se llama Draco. Aunque es
mejor llamarlos reptilianos, pues así se han popularizado en las redes sociales
y en las revistas esotéricas.
Nos dice Icke que
«este grupo controlador vino aquí desde la constelación de Draco y desde otros
lugares, y este es el origen de términos como draconiano, una palabra que
resume sus actitudes y su Programa. Adoran consumir sangre humana y son los
demonios chupa-sangre de la leyenda. Las historias de vampiros son simbólicas
en este sentido. ¿Cuál es el nombre del vampiro más famoso? ¡Conde Drácula! El
Conde simboliza los aristocráticos linajes entrecruzados reptil-humano que los
reptiles poseen desde la cuarta dimensión inferior, y Drácula es una referencia
obvia otra vez a Draco.
Los informes recientes sobre chupacabras en Puerto
Rico, México, Florida y Pacífico Noroeste concuerdan con la descripción del
reptil. Han sido vistos chupando la sangre de ganado doméstico como cabras, y
de ahí proviene su nombre. Los reptiles se acercan en un movimiento de pinza sobre
la raza humana. Su expresión física vive bajo el suelo e interactúa en las
bases subterráneas con científicos y jefes militares humanos y mestizos
humano-reptil. También emergen para participar en algunas abducciones de
humanos. Pero su método de control principal es la posesión completa.
El
Programa de entrecruzamiento (vía relaciones sexuales y probeta) es descrito en
las Tablillas Sumerias y en el Antiguo Testamento (los hijos de Dios que se
cruzaron con las hijas de hombres). Estas líneas híbridas de humano-reptil
llevan el código genético reptil, y por lo tanto pueden ser poseídos con mayor
facilidad por los reptiles desde la cuarta dimensión inferior. Como veremos,
estos linajes penetraron en la aristocracia británica y europea, y asimismo en
las familias reales y, gracias al «Gran» Imperio Británico, fueron exportados
alrededor del mundo para gobernar América, África, Asia, Australia, Nueva
Zelanda, etcétera.
Estas líneas genéticas son manipuladas hasta los puestos de
poder político, militar, mediático, bancario y empresarial, y por lo tanto,
estos puestos son retenidos por reptiles de la cuarta dimensión inferior que se
ocultan detrás de una forma humana, o por marionetas mentalmente controladas
por estas mismas criaturas. Operan a través de todas las razas, pero de forma
predominante a través de la blanca».
Los reptilianos son criaturas
interdimensionales que se alimentan de la energía de los humanos, y esta
energía es más nutritiva si el terrícola vive en un entorno de miedo. Así,
los illuminati a su servicio, que en realidad son híbridos
humano-reptilianos, aunque el rostro de reptil sólo se les ve si ellos quieren
–es lo que tiene la transdimensionalidad—, deben garantizar que la Tierra esté
siempre en continuo estado de terror; es por eso por lo que se organizan las
guerras, se explota la naturaleza, se propagan epidemias, se adulteran las
vacunas, etc.
Para demostrar que todo lo que
dice es verdad, Icke remite a sus lectores a la sabiduría de
culturas ancestrales: «Una leyenda de los indios hopi dice que un complejo de
túneles muy antiguo existe bajo Los Ángeles, y este, dicen, fue habitado por
una raza de lagartos hace aproximadamente 5.000 años. En 1933 G. Warren
Shufelt, un ingeniero de minas de LA, afirmó haberlo encontrado. Hoy, se
dice, algunos malévolos rituales masónicos son celebrados en este complejo
de túneles. Por parte de las autoridades ha habido un masivo encubrimiento
de la existencia de estas razas subterráneas y del lugar donde viven».
Se refiere Icke a
un reportaje publicado por Los Angeles Times el 29 de enero de
1934, en el que se cuentan las andanzas de un ingeniero, Warren Shufelt,
en busca de una ciudad subterránea construida por los hopi, en concreto por el
clan de los lagartos, “the Lizard People”. Como es costumbre entre las culturas
enraizadas en lo totémico, también había un clan de osos, otro de arañas y uno
de serpientes de cascabel, pero el asunto del control de la Tierra se habría
desmadrado un poco si se atiende a todos por igual.
Según parece, el lío lo debió
montar en su día John Rhodes, otro personaje que descubrió el
«mayor secreto» allá por los años 90. En cualquier caso, la conversión del clan
de los lagartos a la raza de los lagartos viene de lejos, pues ya aparecía
insinuado en la revista Amazing Stories, en 1947.
Nada de lo expuesto en el libro
es nuevo. El lector, en realidad, se está sumergiendo en el fascinante mundo de
la subcultura pop, porque las investigaciones y/o canalizaciones contenidas
en El mayor secreto eran vox populi desde muchísimo tiempo
atrás entre los aficionados al fanzine.
Así, Revelations
Awareness, un revista «casera» surgida en la década de los
70, publicaba desde 1990 todo lo que había que saber sobre reptilianos,
reptoides y/o draconianos. En su archivo online, la etiqueta
«reptilian» ofrece información capaz de saciar al más inquieto, desde las
relaciones con los gobiernos terrícolas y el «Nuevo Orden Mundial» hasta sus
inclinaciones más «íntimas»; hay monográficos sobre sus hábitos, su estilo de
vida preferido y también hay chismes en relación a las más vulgares costumbres
consuetudinarias como, por ejemplo, si preferían comerse a los humanos
«sangrantes» o «muy hechos».
Por las mismas fechas, un
tal Val Valerian, famoso por una larguísima compilación de textos
que, bajo el título Matrix, ofrecían información sobre lo
humano y lo divino, incluía alusiones al poder reptiliano del mundo en el
volumen II de su obra.
Unos pocos años antes del boom
reptiliano de los 90, hacia 1987, ciertos círculos ufológicos estadounidenses
daban a conocer los llamados «documentos de Dulce». De acuerdo a una
historia surgida a comienzos de los 80, la base militar de Dulce es una
instalación secreta subterránea, en los límites que separan Colorado y Nuevo
México, donde extraterrestres y humanos trabajaban conjuntamente.
Michael Barkun, profesor
de Ciencias Políticas en la Universidad de Siracusa y autor de A
Culture of Conspiracy, cuenta en dicho libro que el primero en hablar de
Dulce fue Paul Bennewitz, un hombre de negocios de Albuquerque que,
allá por 1979, afirmó haber interceptado la señal de comunicaciones de las
naves alienígenas que entraban en la base.
Durante los años siguientes, y
ante la gravedad de lo expuesto por Bennewitz, la comunidad
ufológica estadounidense tomó cartas en el asunto. A finales de 1987, se
«confirmaron» los rumores sobre experimentos horribles con seres humanos.
Poco después, testigos
presenciales afirmaron haber asistido a un asalto de la Delta Force, o sea, del
Primer Destacamento Operacional de Fuerzas Especiales del Ejército de Estados
Unidos, para acabar con las malas prácticas de los alienígenas, que al parecer
se saltaron algunos acuerdos éticos adquiridos con el Gobierno para que se les
dejara hacer experimentos genéticos, o algo así, de modo que debían estar
liándola parda allí abajo. Pero, en fin, eso no viene a cuento ahora. A lo que
viene esta historia es a que los malos de Dulce eran, ni más ni menos, que
reptiloides.
Si nos vamos un poco más atrás, a
1983, nos encontramos con la agenda reptiliana en formato televisivo: V.
¿Recuerdan el argumento? Extraterrestres sirianos, con todas las garantías de
pertenecer a la especie humana, se presentan en la Tierra con una flota de 50
naves que se reparten por las ciudades más importantes del mundo. Su simpatía
es tal que los líderes mundiales les dejan influir y manejar las más altas
esferas del poder. Entonces se descubre la trampa: son reptiles que quieren
robar toda el agua de la Tierra y, de paso, pastorear a la humanidad para
garantizarse esclavos y alimentos.
La estética neonazi de los
reptiles de V no era casualidad. Su creador, Kenneth
Johnson, había escrito un guión sobre un hipotético movimiento nazi en
Estados Unidos, pero el éxito de La Guerra de las Galaxias le
llevó a ambientarlo con detalles de ciencia-ficción.
La pista de los humanoides con
forma de reptil y actitudes poco benignas empeñados en someter al homo
sapiens es rastreable a través de los oscuros pasadizos de la serie B
hasta la década de 1940, como se ha visto con el asunto de los hopi. Pero, ya
en 1933, nos topamos con La guerra de las salamandras, del
checo Karel
Capek, una sátira de ciencia ficción que relata el descubrimiento en el
océano Pacífico de una colonia de salamandras inteligentes. Al principio, son
esclavizadas, pero pronto estas criaturas superan el conocimiento humano, se
rebelan y organizan una revuelta que termina en una guerra global por el
control del mundo.
Sin embargo, hay otros niveles a
tener en cuenta más allá de la cultura pop. Aunque nada de lo que aparece
en Icke es estrictamente nuevo, su éxito está en haber sabido
unir tendencias dispares, y a sus respectivos públicos, en una misma línea
argumental:
Ufología: una raza
superior «transdimensional» (los reptilianos son capaces de acceder a una
cuarta densidad ajena a los terrícolas) que se alimenta de las energías
negativas del ser humano. Por eso necesita que los humanos estén en un estado
de terror permanente.
Conspiración: Para
lograr el terror, los draconianos cuentan con los illuminati,
híbridos humano-reptoides que actúan por medio de sociedades secretas y
garantizan la existencia continua de guerras y males diversos que se han venido
dando en la Tierra desde hace milenios.
Espiritualidad: Para
combatir al imperio reptil, el amor es la única respuesta, pues es la fuerza
unificadora del Cosmos. Es necesario adoptar un estado de ánimo positivo,
meditar, buscar la trascendencia del estado actual y fomentar el espíritu del
cambio de conciencia que impulse a la humanidad hacia la nueva era de Acuario,
libre por fin de una esclavitud milenaria.
Se trata de un discurso en el que
cada cual encuentra lo que quiere o necesita escuchar. Según Michael
Barkun, la clave de su éxito es haber vinculado la pulp-fiction de
alienígenas-insectos-reptiles con la idea de una conspiración que persigue un
Nuevo Orden Mundial, de acuerdo con una teoría popularizada en los 80 por
ciertos líderes religiosos y grupos extremistas de Estados Unidos. Y todo ello
dulcificado con la referencia milenarista, de corte New Age, a
una inminente sociedad espiritual.
La trayectoria de Icke presenta,
según Barkun, un patrón de decepción similar al de muchos miembros
de la contracultura de los años 60 y 70, que se reconvirtieron a la
conspiranoia para huir de la frustración por el fracaso de la revolución flower
power. Una revolución que terminó asumiendo el mismo sistema al que
combatía, y que dio paso a una seudo-espiritualidad hedonista y consumista, que
triunfó en Estados Unidos, primero, y que se ha propagado al resto del mundo
después.
Como ya se imaginan, esa
conversión del los hippies en yuppies ha
hecho crecer el número de quienes culpan a los poderes en la sombra de impedir
un cambio natural de conciencia humana que coincidiría con la astrológica era
de Acuario.
Richard
Kahn, de la Universidad de Los Ángeles, explica que la identificación
del mal con ciertas formas antropomorfas de animales, especialmente insectos y
reptiles, responde a la necesidad de exteriorizar los miedos atávicos de la
especie humana en Otro sobre el que tomar distancia: un chivo expiatorio que
representa todo lo maligno de la existencia, y deja claro que forma parte de
una naturaleza ajena, como si quisiéramos evitar cualquier parecido que nos
pudiera hacer pensar que también nosotros podríamos llegar a representar ese
mal absoluto.
En ese sentido, la literatura de
terror ha sabido identificar ese miedo atávico con aquellos animales que alguna
vez supusieron un peligro mortal para el homo sapiens y que
hoy siguen causando fobia en multitud de personas.
Los reptilianos representan a una
raza con una conciencia espiritual poco evolucionada, y no faltan en la obra
de Icke las alusiones al funcionamiento primitivo del cerebro
reptil humano para dejar clara cuál es la situación de esas criaturas en el
proceso de evolución. De esta forma, su comportamiento es fácilmente asociado
por la audiencia con políticas tiránicas y con el pensamiento tecnocrático,
ajeno a sensibilidades ecológicas.
Las primeras son el objetivo de los teóricos
de una conspiración que somete a la humanidad; las segundas, el aspecto a
superar para cumplir los requisitos del cambio anunciado por la Nueva Era.
Y aunque parezca contradictorio,
el marco de referencia ideológico también atrae a la ultraderecha, algo que le
ha valido a Icke ser acusado de antisemita, al considerarse
que usa el término «reptil» en alusión exclusiva a los judíos,
responsabilizándolos del mal en el mundo. Aunque Icke afirma
no participar de tal ideología, la existencia de una conspiración sionista para
establecer un Nuevo Orden Mundial es una idea muy arraigada en la extrema
derecha estadounidense, por lo que difícilmente se puede librar de tales
asociaciones, ya sean conscientes o inconscientes.
Nicholas Goodrick-Clarke,
en su libro Black Sun: Aryan Cults, Esoteric Nazism and the Politics of
Identity sugiere que ciertos cabecillas neonazis británicos y
estadounidenses habrían aprovechado la ingenuidad de Icke para
esparcir y dulcificar su agresiva ideología a través de revistas cercanas al
ocultismo ario.
En todo caso, lo cierto es que,
tras varios años de ataque feroz al sistema y de destape de las fuerzas
demoniacas que lo controlan, Icke ha regresado a su punto de
partida espiritual, centrándose nuevamente en la divulgación del «amor
multidimensional». Pero, eso sí, este amor es una «habilidad» exclusiva del ser
humano, ajeno a la conciencia reptiliana. Al fin y al cabo, el mensaje ha de
ser lo más sencillo posible para dejar claro quiénes son los buenos y quiénes
los malos.
Además, Icke se
ha forjado una «superconspiración» sobre la que sustentar sus discursos, de
manera que es completamente autorreferente, pues las fuentes originales se han
ido desvaneciendo con el tiempo y apenas cita a otros en su narrativa, en lo
que muchos recién llegados acabarán considerando, irremediablemente, un
universo propio surgido de cierta voz interior que, según afirma el británico,
fue la que le inició y le guió.
Esta superconspiración
constituye, en palabras de Kahn, un mapa cognitivo que sirve de
guía a la cultura pop contemporánea siempre y cuando no se tome literalmente.
Bajo esta idea, Icke ha extendido el rostro arquetípico del
mal y proporcionado a un público popular ciertas herramientas de la narrativa
mítica para explicar los procesos sociales, políticos y económicos de la
globalización, volcando «viejas leyendas de Sumeria» sobre la sociedad capitalista
postmoderna.
En este sentido, Kahn sugiere
que la hipótesis reptiliana tiene muchos ingredientes de la tradición satírica
al estilo de Jonathan Swift, al representar el escenario político y
económico mundial como una reunión de lagartos que organizan rituales donde se
practica la pedofilia y se realizan sacrificios sangrientos.
Identificar el mal por medio de
criaturas extrañas es un recurso propio de los mitos y leyendas iniciáticas,
pero al presentarse como una realidad rotunda pierde su contenido transformativo,
y nos conduce a un territorio inquietante, en el que la que prima la
deshumanización de los líderes globales.
Todo lo cual nos lleva a acabar
citando a Carl Sagan quien, en Los dragones del Edén,
libro por el que ganó el Pulitzer en 1978, se preguntaba: «¿Es una mera
coincidencia que los sonidos onomatopéyicos que el hombre emite para reclamar
silencio o llamar la atención tengan extraño parecido con el silbido de
los reptiles? ¿Puede pensarse que los dragones llegasen a constituir un
gravísimo peligro para nuestros antecesores protohumanos de hace unos cuantos
millones de años, y que el terror que suscitaban, junto con las muertes
que causaban, impulsaran la evolución del intelecto humano? ¿O debemos
considerar, quizá, que la alegoría de la serpiente constituye una referencia a
la utilización del componente reptílico agresivo y ritualista de nuestro
cerebro en la posterior evolución del neocórtex? Salvo una excepción, el
relato del Génesis acerca de la serpiente que tienta al hombre en el
jardín del Paraíso es el único caso expuesto en la Biblia en que el ser
humano acierta a comprender el lenguaje de los animales. ¿No es posible que el
temor a los dragones fuera en realidad temor a una parte de nosotros
mismos?»
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